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Nuestra Parroquia se suma a Manos Unidas para "alcanzar un planeta sostenible, sin pobreza, sin hambre ni desigualdad”



Esta fisioterapeuta, especializada en Cuidados Paliativos, casada y feligresa de nuestra Parroquia, nos cuenta en esta entrevista su historia de fe, cómo llegó a ser voluntaria de Manos Unidas Sevilla y su experiencia misionera en Perú junto a su esposo.


¿Cómo ha sido tu vida de fe, la recibiste siendo una niña o experimentaste una conversión siendo adulta?


Pertenezco a una familia religiosa y practicante, así que desde niña he seguido los pasos normales en la fe: Bautismo, Primero Comunión y Confirmación. También fui educada en un colegio religioso, en el Santo Ángel de Sevilla. Por todo ello, nunca he dejado de creer ni de practicar.


¿Puedes contar tu experiencia misionera junto a tu esposo?


Soy de las que piensan que siempre se pueden hacer más cosas, ayudar más. En nuestro caso, pensé que si Dios no nos había dado hijos, debíamos invertir el tiempo que teníamos ayudando a los demás.


A pesar de las reticencias iniciales de mi marido, que asegura que aquí hay mucho trabajo por hacer (y coincido), lo convencí para vivir juntos una experiencia misionera.  


Para ello, contacté con la Delegación diocesana de Misiones, cuyo delegado, d. Eduardo Martín Clemens, nos propuso varias opciones.  Finalmente, terminamos yendo a Moyobamba (Perú) con un sacerdote diocesano, el padre José Diego Román.


También formas parte del grupo del Tercer Mundo de nuestra Parroquia. ¿En qué consiste exactamente?


En este grupo parroquial están representadas tres entidades: Ayuda a la Iglesia Necesitada, Obras Misionales Pontificas y Manos Unidas. El grupo, por tanto, trata de mantener presente las tres grandes campañas durante el año y dinamizar también con pequeñas campañas o acciones de sensibilización, celebrando oraciones, y otras actividades.


¿Desde cuándo colaboras como voluntaria en Manos Unidas?


Mi colaboración se inició hace seis años y siempre digo que fue por intercesión de la Virgen de los Reyes, ya que fue durante una novena a la patrona en el mes de agosto cuando me encontré por casualidad con la recién nombre presidenta-delegada, María Albendea. Justamente en esa época había decidido reducir mi horario laboral para dedicarle ese tiempo a algún voluntariado, para seguir haciendo la misión desde aquí.


En la Novena, María Albendea me dijo que necesitaba manos en la Delegación de Manos Unidas Sevilla y yo me ofrecí a ayudar. Desde entonces soy  la responsable de las parroquias de la Vicaría 1 y 2, colaborando con los responsables de las parroquias, llevando las campañas y coordinando los testimonios misioneros.


Hace unos meses viajaste a Marruecos como una experiencia formativa de Manos Unidas. ¿Qué objetivo tuvo este viaje? ¿Qué viviste allí?


Sí, son los viajes que Manos Unidas hace para llevar a voluntarios de las distintas delegaciones a ver in situ los proyectos con los que colabora. Yo solicité ir a Calcuta, pero me asignaron Marruecos. Pensé entonces que si Dios me quería en Marruecos, sería por algo y así lo comprobé una vez allí.


Allí vimos proyectos muy variados: algunos que fomentaban la promoción, igualdad y equidad de la mujer, tanto en grupos que luchan por conseguir la igualdad cambiando leyes y a través de un trabajo de sensibilización y concienciación, como a talleres en el que se enseñaban nuevos oficios y habilidades a las porteadoras que cruzaban la frontera de Ceuta que se quedaron sin ocupación durante y después de la pandemia.

Visitamos también un centro de discapacitados, un colegio de integración y de educación especial con el que Manos Unidas colabora en distintos talleres.


Por otra parte, en relación al medioambiente visitamos una zona muy degradada y con problemas de deforestación. Aquí establecieron un proyecto de apicultura, gestionado por una cooperativa de mujeres que se ganan la vida vendiendo los productos derivados de las abejas.


Por último, en Tánger, pude ver uno de los proyectos que más me impactó. La Delegación de Migraciones de esta diócesis acuden a ayudar a los más vulnerables, a los migrantes que llegan a la ciudad y no pueden continuar su camino. Algunos viven en asentamientos en los bosques, sufriendo las inclemencias del tiempo o las redadas policiales. Este proyecto les ayuda con lo que necesiten (ropa, comida, medicinas...).


Me impactó mucho porque pudimos hablar con algunos migrantes y ponerle rostro a los hermanos que sufren. Allí entendí que Dios me quería en Marruecos y no en Calcuta para no ser indiferente a las noticias que escucho o veo sobre inmigración; para no ser más indiferente ante el número de muertes en el Mediterráneo o la cantidad de menores no acompañados que cruzan el mar. Ahora conozco algunas de sus historias y entiendo mejor por qué hacen lo que hacen, que solo buscan un futuro mejor para ellos y sus familias.



Tras estos años como voluntaria y ahora habiendo visitado los proyectos financiados por Manos Unidas, puedes asegurar que el dinero que los fieles donamos en la colecta para Manos Unidas o que aportamos como socios, llega al destino y da muy buenos frutos. ¿No es así?


Por supuesto, esto nunca lo dudé. SI bien, ahora he podido comprobar in situ que el dinero que damos generosamente en las colectas, sea mucho o poco, llega y se hacen grandes cosas con él. Este dinero es capaz de cambiar muchas vidas, porque cada proyecto no se ciñe a un único objetivo directo y concreto, sino que siempre hay miles de beneficiarios indirectos.


Por esto mismo hago un llamamiento a toda nuestra comunidad parroquial y a la feligresía en general a colaborar con Manos Unidas, una oenegé que pone rostro al hermano que sufre, al hermano que está en el Tercer Mundo.


Animo también a colaborar con las misiones, en primer lugar con la oración por los misioneros y los territorios de misión, y por supuesto, trabajando y colaborando económicamente desde aquí.

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