S. Felipe Neri (1515-1595).


La gloria mayor del siglo XVI en la Iglesia Católica fue el florecimiento de la santidad por todas partes, España, Inglaterra, Italia, Francia. Felipe Neri formó parte de aquel ramillete de santos que aún hoy sigue embelleciendo el Pueblo de Dios.


“S. Felipe Neri fue sacerdote santo, confesor infatigable, educador ingenioso y amigo de todos, y de modo especial consejero experto y delicado director de conciencias. Recurrieron a él desde papas y príncipes… hasta humildes, desheredados y marginados para recibir consejo, perdón, ánimo, ayuda material y espiritual. La herencia de s. Felipe es para todo el pueblo de Dios, llamado a irradiar en el mundo alegría y confianza, a caminar con fe y esperanza respondiendo fielmente a la vocación universal a la santidad.

S. Felipe Neri es conocido, no solo como el santo de la alegría por antonomasia sino también como el “Apóstol de Roma, más aún, como el reformador de la ciudad eterna.” (Papa Francisco).

Florentino de nacimiento y romano de adopción encarnó el tipo más completo de italiano. De trato familiar y amable, su personalidad siempre estuvo al servicio de su apostolado.

Del espíritu profético del impulsivo y vehemente de Savonarola aprendió, en Florencia, a desear lo auténtico, lo genuinamente evangélico, aunque nuca compartió sus modos y maneras. Con los Dominicos de San Marcos cultivó una sabiduría serena que, iluminada e interiorizada en el silencio de Montecasino con la espiritualidad que exhalaban los benedictinos, le llevó a la determinación de buscar a Cristo por encima de todo.

Trasladado a Roma, deseó alcanzar la santidad como laico apostólico. La oración era su alimento, las obras de misericordia su apostolado. Buscaba en el silencio de las catacumbas de San Sebastián su encuentro con el Señor a quien suplicó el don del Espíritu Santo que de manera singular le fue concedido. Promovió la Confraternidad de la Santísima Trinidad de los Peregrinos y recuperó la devoción a la adoración eucarística de las Cuarenta Horas.

Sacerdote a los 36 años por obediencia a su confesor, comenzó a vivir en San Jerónimo de la Caridad junto a otros sacerdotes. Dedicaba gran parte del día al confesionario y la dirección espiritual animando a la comunión frecuente y proponiendo nuevas prácticas cristianas ante las costumbres paganizantes existentes. Así comienza la original Visita a las Siete Iglesias, descubrimiento como método para mantener viva la fe de algunos y atraer a otros mediante la oración, el canto, la convivencia y el contacto con la naturaleza y los espacios sagrados.

El Oratorio fue su obra y legado apostólico más novedoso y relevante: reuniones donde se comentaba familiarmente la Palabra de Dios, se compartían experiencias espirituales y se estimulaba a hacer vida la reunión practicando obras de caridad. El Oratorio fue además foco de formación y cultura humana y espiritual redescubriendo e investigando las antigüedades cristianas de Roma y la historia de la Iglesia; allí se cultivó la música, el arte y el amor a la belleza como camino hacia Dios, Belleza Infinita. César Baronio, Antonio Bosio, Palestrina, etc. son solo algunos de los que frecuentarían el Oratorio.


Cuando tenía 60 años, para la atención al Oratorio, al que diariamente asistían gran número de personas de toda clase, fundó, ante la insistencia del Papa Gregorio XIII, la Congregación del Oratorio, la primera Sociedad de Vida Apostólica (“de vida común sin votos”) en la Iglesia. Los miembros de la Congregación, sacerdotes seculares y laicos, se incorporan por la libre voluntad de permanecer unidos por el solo vínculo de la caridad conformando una comunidad con estilo familiar. A la Virgen María atribuye Felipe esta fundación, por ser algo muy lejano a sus deseos.


Sólo la conjunción entre un alma de gran vida interior y una mentalidad abierta explica la originalidad de este hombre que nada tuvo de especial ni siquiera en la santidad. Ningún programa. Sólo el corazón lleno, encendido de Espíritu Santo y la inspiración del momento en el amor a la Iglesia. Apertura al Espíritu y mirada en el mundo propiciaron la originalidad y la creatividad en Felipe para poner a Cristo, centro de su vida, en la vida de sus contemporáneos.

Apóstol de la llamada a la santidad universal contagiando la alegría de ser cristiano, místico en la oración, reformador desde la sencillez y la humildad de la vida ordinaria, y fundador (sin pretenderlo), fue “astro luminoso de santidad en época de trágica obscuridad”, como dijera de él el Papa Gregorio XIV el día de su canonización, primera colectiva en la Iglesia, cuando fueron proclamados también Isidro Labrador, Ignacio de Loyola, Francisco Javier y Teresa de Jesús, al decir de los romanos aquél 12 de marzo de 1622, ¡Cuatro españoles y un santo!.

Algunos de estos santos reconocidos y otros anónimos hicieron posible la necesaria y requerida transformación en el seno de la misma Iglesia impulsando los decretos reformadores del Concilio de Trento, constituyendo la fuerza y el valor religioso del movimiento contrarreformista para vivir el Evangelio.

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